Nos enseñan a calcular antes de sentir,
a medir cada palabra, cada gesto,
como si el amor fuera un tablero de ajedrez
y sentir, una estrategia.
Nos enseñan a anticipar lo peor, a desconfiar de todo,
a protegernos de miedos infundados,
a ignorar nuestra intuición,
y a temer lo que no podemos controlar.
Nos enseñan a “usar la mente”,
pero se olvidan del cuerpo que siente,
del corazón que sabe, y el alma que vibra.
Pensar es bueno, pero sentir es más importante.