El niño que fuiste
no tenía miedo de caerse.
Trepaba árboles,
saltaba charcos,
corría sin mirar el suelo.
Y cuando se caía,
porque siempre se caía,
se levantaba.
Sin drama
(tal vez unas lagrimitas).
Sin análisis.
Sin cuestionar su valor.
Luego creciste.
Y comenzaste a creer que una caída
es una sentencia en vez de un simple tropiezo.
Pero ese niño sigue ahí.
Oculto bajo miedos,
«qué pensarán de mí»,
«ya no tengo edad para eso»,
«no puedo permitirme fallar».
Ese niño sigue ahí…
Esperando que recuerdes
que caerse no es un problema.
El problema es olvidar
que caerse y ponerse de pie,
es lo más natural del mundo.