La persona que eras ayer, ya no existe.
La que despertó esta mañana, tampoco.
Ni siquiera eres quien comenzó
a leer esto hace unos segundos.
Nada sucede dos veces.
Ni ha sucedido,
ni sucederá.
Cada día “naces”,
cada noche “mueres”,
cada experiencia te transforma.
Conservas tu nombre,
reconoces tu reflejo,
pero algo cambia,
ya no eres la misma persona.
Nada sucede dos veces.
Cada momento es único,
irrepetible, imposible de recuperar.
Qué paradoja:
lo único permanente
es el cambio mismo.
Y sin embargo,
te aferras al control,
te aferras a lo conocido,
te aferras a que nada cambie.
Buscas seguridad en lo permanente,
consuelo en lo conocido,
paz en lo inmutable.
Pero nada sucede dos veces.
No hay amaneceres iguales,
ni abrazos idénticos,
ni momentos repetidos.
En esta constante transformación
reside tu libertad.
En abrazar lo efímero,
tu verdadera trascendencia.