De niños, creíamos que los adultos
lo tenían todo resuelto.
Que lo sabían todo.
Que podían con todo.
Y pensábamos que al crecer,
nosotros también lo podríamos.
Pero crecimos.
Y nos dimos cuenta
de que nadie tiene nada resuelto.
Que los adultos también dudan.
También se equivocan.
También tienen miedo.
Crecimos y nos dimos cuenta
que el adulto que imaginábamos,
en realidad no existe.
Que nadie tiene todo resuelto.
Que todos estamos improvisando.
Crecimos y nos dimos cuenta
que crecer es aceptar que nunca
tendremos todas las respuestas.
Porque la vida no se trata de saberlo todo.
Se trata de atreverte a vivirla
sin tenerlo todo resuelto.