Te apegas…
A esa persona.
A ese trabajo.
A esa cosa.
A esa idea de cómo debería ser tu vida.
Te apegas porque tienes miedo.
Miedo de que si lo pierdes,
nunca encontrarás algo igual
(o algo mejor).
Pero ese miedo no nace del amor.
Nace de la carencia.
De creer que lo bueno es finito.
De pensar que si esto se va,
no habrá algo mejor.
Sin embargo…
Lo bueno no es escaso.
No se agota.
No tiene límite.
Lo bueno es infinito.
Pero mientras te apegas a lo que tienes,
cierras la puerta a lo que podría llegar.
Mientras te resistes a soltar,
te niegas a recibir.
El apego no protege.
El apego paraliza.
Te mantiene atrapado
en una versión de tu vida
que tal vez ya no te sirve.
No te aferres.
Suelta el apego.
Permite.
Fluye.
Confía.
Porque lo bueno que se va
siempre hace espacio
para algo mejor.