Admiro a quienes permanecen íntegros aunque no haya razones para serlo.
Admiro a quienes siguen siendo amables aunque el mundo haya sido cruel con ellos
Admiro a quienes dan aunque sus manos están vacías.
No me impresionan los que brillan bajo los reflectores del éxito,
pero admiro a los que que no se apagan en los oscuridad del fracaso.
No creo en quienes predican virtudes desde pedestales de privilegio
pero admiro a quienes las practican desde la fragilidad de la vulnerabilidad.
Admiro a esas personas que, tras perderlo todo, aún conservan lo esencial:
su capacidad de amar, su voluntad de servir, su compromiso con la verdad.
Admiro a esas personas porque me han enseñado que, aunque falles, te equivoques o caigas, lo importante es tener la convicción para levantarte y la voluntad de ayudar a los demás.